18 Jul
  • By LovexairAdministrador
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Testimonio de una exfumadora: Tamara Aguilar

Empecé a fumar con unos 16 o 17 años, con lo cual, he llevado casi la mitad de mi vida fumando.

Si lo piensas de esta manera, es bastante impactante.

Comencé robándole algún que otro cigarrillo a mi hermano, escabulléndome en su habitación mientras se iba a duchar, y me lo fumaba de madrugada, atrincherada en la mía. No tenía intención de hacerme la interesante entre mis amigos, ni parecer más mayor, pero mi hermano, mi hermana y mi padre fumaban, y de alguna manera, pensaba que estaría bien si yo también lo hacía.

Con el paso del tiempo, no es que me gustara especialmente ni el sabor, ni el olor, ni la sensación, pero sí que lo fui relacionando con mi tiempo de ocio. Algunos de mis amigos fumaban, y yo, que me dejaba llevar por todos ellos, lo hacía también, aunque fuese muy de vez en cuando, aunque fuera pidiendo cigarros todo el tiempo.

Al llegar a la universidad, se había convertido en un vicio, y fue a mayor. De fumar un paquete a la semana, a uno diario. Fumaba Nobel, y todo acerca ello me encantaba.  Justificaba el estrés de los exámenes para fumar sin parar. Y aún entonces se podía fumar dentro de los establecimientos. ¡Dentro de la universidad se podía fumar! Quién lo iba a decir ahora.  Es totalmente impensable.

Cuando comencé a trabajar, los cigarrillos fueron sinónimo de descansos. De la hora de la comida. De la hora de la cena. De la recompensa por haber acabado el día, y estar en tranquilidad. Ése, fue el cigarrillo del que más me costó despedirme, sin duda.

Entonces, a mis 26 años, mi padre murió a causa del tabaco. Murió a los 72 años, después de haber fumado desde los 14. Fumaba tabaco negro, y no le recuerdo ni una sola vez, sin el cigarro en la mano. Aunque hacia el final de su vida sólo fumaba dos paquetes, en sus buenos tiempos contábamos cuatro de Ducados. Murió por el tabaco, eso está claro, pero por un cúmulo de cosas relacionadas a ello. Una pésima circulación sanguínea en las piernas, insuficiencia respiratoria, y al final, un derrame cerebral y un infarto. 19 días sufriendo en la UCI, y se fue. Sin mirarnos. Sin oírnos. Porque lo único que hacía era luchar por respirar, y hacía tiempo que había perdido.

Dejé de fumar unos seis meses. No recuerdo por qué volví.

Aunque después de eso había vuelto a intentarlo decenas de veces. Y cuando volvía, hacía la misma broma “Dejar de fumar es fácil, yo lo he dejado un montón de veces”. Lo había intentado sobretodo, cambiando al tabaco de liar, porque es muy cierto, que por el mero hecho de tener que liarte un cigarro, la pereza puede vencer, y acabas por no fumar.  Puede que no tengas maña para liarlos, y se caiga el tabaco, se salga el filtro, o se despegue el papel… llegué a tener tal destreza que me liaba los cigarros mientras conducía.

Hace cosa de 9 meses que dejé de fumar. De un día para otro, y porque vi el video de un tipo, un youtuber, que decía que también lo había dejado. Pensé ¿y yo no voy a ser capaz?

Y aunque al principio no lo pasé especialmente mal, reconozco que las noches eran lo peor. Después de cenar me sentía nerviosa, como si me faltara por hacer algo importante. Y es que aquel cigarrillo era parte de mi rutina. Sentía como que el día no había acabado bien.

Lo dejé sin chicles, sin parches, sin cigarrillo electrónico… a pecho descubierto. En otras ocasiones había recurrido a este último remedio, pero no era más que un placebo. Fumaba, o “vapeaba” como lo llamaban ellos, quizá incluso más que fumando tabaco normal.  Era simplemente cambiar de una adicción a otra, porque iba probando sabores que me iban enganchando, e inevitablemente acababa por volver a fumar de nuevo.

Pero esta vez, parece que todo va bien. No tengo ganas de fumar, no pienso en ello. Quizá, si estoy tomando unas copas con alguien que fuma, o hay alguien cerca fumando, es posible que me apetezca.

De hecho me apetece mucho, y alguna que otra vez he dado una calada, o he pedido un cigarro, por aquella costumbre que tenía de fumar y beber a la vez. Asociación.

También es cierto que ni el cigarro me lo he conseguido acabar, y la calada me ha sabido a rayos. No he conseguido soportar el sabor que me ha dejado en la boca, y mucho menos el que me deja en la ropa, o el pelo.

De todas formas, si hay una persona fumadora que está conmigo, nunca le prohibiría que fumara, porque se lo que cuesta dejarlo, y la dependencia que crea. De igual forma aprecio que esa misma persona, si está en mi casa, intente no hacerlo, o ir fuera.

Hasta el momento, esta es mi historia. No ha sido una odisea, ni mucho menos. Creo que, teniendo en mente que quería dejar de fumar (en un momento u otro, sin fecha programada) llegó el momento de forma natural, y simplemente fue una transición. Tuve algunos días un poco más malos que otros, pero los chupa-chups y las pipas me ayudaron bastante a calmar los escasos nervios.

Para acabar, no soy nadie para dar consejos, ni mucho menos, pero si alguien se lo está planteando, simplemente que sepa que se puede. Que es un vicio, pero no es tan poderoso como para no poder controlarlo y liberarse de él.

Si yo he podido, ¿por qué tú no?

Sobre la autora:

Tamara Aguilar, nacida y crecida en Barcelona (1984), estudiante por error de Turismo y Dirección Hotelera, en la Universidad Autónoma de Barcelona, comenzó escribiendo como hobby y actualmente trata de ganarse la vida con ello.
Visita su blog: https://missovejillanegra.wordpress.com/