20 Nov
  • By LovexairAdministrador
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EPOC: el que se fue a Sevilla perdió su silla. Charlas con Paco Tella

Aunque ha pasado una eternidad desde ese día, lo recuerdo claramente. Nevó, y como no podía trasladarme a mi habitual lugar de trabajo, me indicaron que me quedase en una sucursal de la periferia, a solo cinco minutos de casa llevando calzado de montaña y caminando con la mayor precaución.

Pablo Picasso – Jamón, copa, botella de Vieus Marc, periódico Hacía un frío terrible. El vendaval entraba a cuchillo por el filo de las ventanas y con cada entrada y salida se colaba por la puerta. Desde la atalaya acristalada de secretaría, contemplaba los picos helados de la sierra y sentía las agujas punzantes clavarse en mi cerebro. Aquel era un privilegiado observatorio, no solo paisajístico sino humano: podíamos ver todo lo que ocurría en la oficina. También, aunque con retraso, pudimos oírlo todo, pues habían llegado unos reporteros de la prensa local que inundaron los rincones de micrófonos.

Merche y yo, con gorro de lana y guantes a pesar de la bomba de calor, intentábamos acertar con la tecla adecuada, pero la tiritona y nuestros dedos apresados no lo ponían nada fácil. Fue ella la que llamó mi atención. “Escucha, hay bronca en el despacho de la dire. Está discutiendo con Fábregas”.

Apenas conocía al personal de allí, tampoco podía ver sus caras, pero la conversación, dado su carácter confidencial, fue entregada años más tarde a la nueva dirección del establecimiento. Casualmente, soy yo quien conduce la nave ahora y, tras haber transcurrido una década ha perdido interés para el chismorreo. Pocos recuerdan ya a Basilisa, la directora de entonces, ni a Fábregas, que volvía al trabajo tras un prolongado período de baja a causa de un enfisema complicado con bronquitis aguda. Según la versión de Merche, Basilisa –y perdónenme el chiste fácil, pero sirvió para aliviar muchos ratos de tedio– se había puesto como un basilisco y sus ojos amenazaban con comerse a Fábregas. Una actitud motivada, en primer lugar, porque estaba segura de que la enfermedad no era más que un cuento tártaro y, en segundo, por tener que soportar, sin creer merecerlo, su amargo lamento. Alegaba que el enchufado de turno (lo de enchufado me lo contó Merche más tarde, Fábregas se guardó mucho de pronunciar dicha palabra), un tal Juan Guerrero, había ocupado su lugar de siempre situándole, en aquel desapacible día de enero, justo delante de la puerta y a merced de una corriente feroz.

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